19 de agosto de 2011

Quedate quieta

Suena y suena y suena y no lo apagás. Y sigue sonando. Pero hay que levantarse, porque es hora, porque no se puede llegar tarde, porque te dije que había que poner dos. La próxima tal vez salen a horario. Siempre llego tarde, pensás.

- Quedate quieta- te digo.
- No. No puedo. Sé lo que viene. Y nada más. Tengo el estómago revuelto.
- Quedate quieta. –te digo.
- Si me quedo quieta me voy a quedar muda. Voy a vomitar las tripas y no quiero. Quiero quedarme quieta, pero estoy rabiosa. Bilis. Hieles - que gotean de mil hieles, pasadas, pesadas, oscuras y verdes. Tengo el estómago revuelto.
 
Él se sienta en el borde de la cama, tu cama, cama tomada por asalto, cama prestada por un rato. Tiene el pelo revuelto de la noche que se acabó, los ojos hinchados más dormidos que cuando dormía, antes de que el despertador sonara. Descalzo, desnudo, lo mirás tocar papeles en tu mesa de luz. Te descompone lavarte los dientes en ayunas, pero es preciso. Descalzo, el pantalón puesto, lo mirás revisar tus libros en el estante. Descalza, desnuda, te lavás los dientes parada en la puerta del baño y la pasta te arde en la lengua y odiás tener que llenarte la boca de menta, como ya odiaste vaciarte el cuerpo del sexo dulce que tenías en la piel antes, mientras el despertador todavía sonaba. Descalzo, lo mirás. No des vueltas, no te quedes en las cosas, no quiero encontrarte cuando no estés, pensás, pero no le decís.  Que vaya a la cocina, a vaciar el mate, a llenar el termo. Que pase de una vez, tampoco decís. El bolso, la ropa, la basura. Llaves. Una llamada y cinco minutos más de espera. Una indicación, la puerta que se cierra, el auto que gira y te marea. Izquierda tres cuadras. Derecha diez cuadras. Calles, calles, calles. Sabés adónde vas. Sabés a qué vas. De ida es igual que de vuelta. Nueve pesos. No tiene cambio. El chofer tampoco. Buscás en el bolsillo tres papeles. Gracias. Estamos a mano. Buscás la ecuación perfecta, elegís las palabras que quisieras decir como si existiera sólo una combinación para cambiarlo todo. La horda se acomoda entre bancos vacíos, espera. Mochilas que sirven de almohadas, pilas de bolsos, columnas de cajas listas para caer. Un hombre gris que barre. Ellos que entran y salen. Humo y papeles de caramelos. Un hombre azul que mira la nada y saluda. 27, arriba. La música de la máquina de la rana que nunca va a salir de la caja, el jardín de los tontos, nada menos apropiado, and everything will happen and I wonder...

- Esperá… decís

 Voy a vomitar o a quedarme quieta, y no quiero ni una cosa ni otra. Que uno se queda quieto después de encontrar algo, a ver qué era, y no. Que necesito una brújula para encontrarte de nuevo, pensás.

- Quedate - no decís, porque te tenés que quedar quieta, y si abrís la boca o te movés o vomitás y eso es hacer trampa, incluso a vos.
- Callate - te digo - o te vas a quedar desnuda (estás//estabas//estuviste). Tengo el estómago revuelto, pensás, No es justo pero pesan, los moretones pesan. Las quemaduras pesan. El mate se enfría. El miedo pesa. Y va a pasar igual, te justificás. Ya te viste en ese espejo y debés quebrarlo pero no querés. Quebralo o desaparecés.
- Quedate - no decís. Y el trabajo no consiste en armar un mosaico, si no en desarmarlo, gastarlo, agotarlo. Es todo lo mismo, pensás. Blanco sobre blanco, el blanco que no te refleja, te hace transparente- eco, punto, mancha, grito - Tengo el estómago revuelto de rabia, de bronca, de duda, de mí, que me hablo- No decís la exacta, justa, perfecta ecuación que haría ser. El genoma completo de tus intenciones. El genoma incompleto del podría (hubiera sido). No pensás más. Ibas a hablar y te quedás quieta. Y tus labios no se mueven y no se van a mover. 

-No te hagas trampa- te digo- Quedate quieta, vestida, callada. Quedate en vos. No te salgas. No volvés.
Y no tenés más el estomago revuelto y las tripas se quedan quietas (y esperan)

- ¿Qué ibas a decir?
- Nada… buen viaje.


"What choice of words will? "

Mermelada

Abrir la heladera buscando azúcar es saber que cuando metas la galleta de grasa con manteca y mermelada de ciruelas en tu boca no vas a escuchar ninguna voz que te diga "Comé".
Girar la tapa, abrir el frasco, meter el cuchillo dentro - como si hundieras la heroica espada en un enemigo ya abatido, ya muerto-difunto-podrido y blando - es saber que no vas a escuchar ninguna voz que diga "Mejor dejá que yo lo hago".
Inundar la superficie esponjosa de la galleta, hasta que todas las burbujas - huecos de la levadura, gas que subió y bajó y se quedó en tu galleta- se cubren con la pasta de fruta - cocida, picada, lejana o decididamente  ciruela y azúcar y jarabe de glucosa y colorantes y conservantes permitidos- y estirarla hasta los bordes y que la viscosidad roce tus dedos- dedos límite, dedos terraplén que frenan la inundación y ya en la boca te van a saber dulces y ajenos- es saber que no vas a escuchar ninguna voz que diga "Dame, así no se hace".
Chupar, limpiar los dedos - límite, borde, terraplén- con la lengua y sentir, adivinar, presentir, presagiar el ácido dulce apaciguado en la manteca y la galleta de grasa, es saber que no vas a escuchar la voz que dice "No te chupes los dedos, no sos una nena".
Tocar con la punta de la lengua - como quien explora a oscuras lo que hay del otro lado del umbral con la punta del pie - la mermelada fría, viscosa, dulce pegote de ciruelas, y después estirar sobre ese borde, risco redundante de grasa y manteca, los labios, la boca entera, las fauces, y dejar donde antes estaba el risco una bahía, el hueco de una luna imperfecta con la marca de tus dientes es saber que no vas a escuchar la voz que dice "Comé despacio".
Tener plena conciencia de la última vez que comiste mermelada de ciruelas, contar los días y saber exactamente cuántos fueron, cuántas horas pasaron desde aquella galleta hasta esta que se te desmiga en la boca, es saber los días, las horas, en que la voz no ha dicho nada.
Volver a abrir la bolsa de galletas, cortarlas a la mitad, ordenarlas en filas o en columnas, embadurnarlas de izquierda a derecha, de arriba a abajo, y comerlas con los dedos dulces pegoteados, sin ruido - sólo el chasquido de tu lengua y el crujido de las migas, deshechas, aplastadas, ablandadas, dulces y ácidas - y no escuchar la voz.
Comer una por una todas las galletas, espíritu positivista, reproducción del fenómeno, ensayo y error, lo general en lo particular, lo comprobable en un cierto número de casos, lo irrefutable, lo cierto, lo verdadero de no escuchar nunca más esa voz, te tranquiliza.