Abrir la heladera buscando azúcar es saber que cuando metas la galleta de grasa con manteca y mermelada de ciruelas en tu boca no vas a escuchar ninguna voz que te diga "Comé".
Girar la tapa, abrir el frasco, meter el cuchillo dentro - como si hundieras la heroica espada en un enemigo ya abatido, ya muerto-difunto-podrido y blando - es saber que no vas a escuchar ninguna voz que diga "Mejor dejá que yo lo hago".
Inundar la superficie esponjosa de la galleta, hasta que todas las burbujas - huecos de la levadura, gas que subió y bajó y se quedó en tu galleta- se cubren con la pasta de fruta - cocida, picada, lejana o decididamente ciruela y azúcar y jarabe de glucosa y colorantes y conservantes permitidos- y estirarla hasta los bordes y que la viscosidad roce tus dedos- dedos límite, dedos terraplén que frenan la inundación y ya en la boca te van a saber dulces y ajenos- es saber que no vas a escuchar ninguna voz que diga "Dame, así no se hace".
Chupar, limpiar los dedos - límite, borde, terraplén- con la lengua y sentir, adivinar, presentir, presagiar el ácido dulce apaciguado en la manteca y la galleta de grasa, es saber que no vas a escuchar la voz que dice "No te chupes los dedos, no sos una nena".
Tocar con la punta de la lengua - como quien explora a oscuras lo que hay del otro lado del umbral con la punta del pie - la mermelada fría, viscosa, dulce pegote de ciruelas, y después estirar sobre ese borde, risco redundante de grasa y manteca, los labios, la boca entera, las fauces, y dejar donde antes estaba el risco una bahía, el hueco de una luna imperfecta con la marca de tus dientes es saber que no vas a escuchar la voz que dice "Comé despacio".
Tener plena conciencia de la última vez que comiste mermelada de ciruelas, contar los días y saber exactamente cuántos fueron, cuántas horas pasaron desde aquella galleta hasta esta que se te desmiga en la boca, es saber los días, las horas, en que la voz no ha dicho nada.
Volver a abrir la bolsa de galletas, cortarlas a la mitad, ordenarlas en filas o en columnas, embadurnarlas de izquierda a derecha, de arriba a abajo, y comerlas con los dedos dulces pegoteados, sin ruido - sólo el chasquido de tu lengua y el crujido de las migas, deshechas, aplastadas, ablandadas, dulces y ácidas - y no escuchar la voz.
Comer una por una todas las galletas, espíritu positivista, reproducción del fenómeno, ensayo y error, lo general en lo particular, lo comprobable en un cierto número de casos, lo irrefutable, lo cierto, lo verdadero de no escuchar nunca más esa voz, te tranquiliza.
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