Tengo un okupa en mis sueños.
Cambia de rostro, de ropa, de voz, absurdo camuflaje que en vano trata de usar para distraerme.
No hay lluvia, porque no es época. Hay viento y el okupa se encarga de hacerse viento para que dude de lo que dice. Pasea. El okupa me arrastra por lugares que conozco y no logro reconocer. Explica lo innecesario y calla, cada vez que necesito una respuesta. Se mete en mi nariz y me ahoga. Hace lo que sabe y lo que yo no sé. Me llena la cabeza de música mansa que aturde, le lleno los bolsillos de hielo para que estemos a mano. Esconde mis sandalias para que mis pies estén siempre a merced de sus cosquillas.
Lo empujo para que pise la arena, esa arena que odia casi tanto como al polvo y las cenizas que permanentemente le invaden la casa.
El okupa me mira con un ojo azul, me guiña un ojo verde y ríe con una boca que quiero hacer desaparecer.
Quema calles y casas, porque cree estar en su derecho, porque nadie le explico que Nerón, en el fondo, era un artista. Okupa me roba los chicles, pensando que el ruido de los globos al explotar me molesta.
Gira la bombilla y teoriza acerca de la necesidad de mantener una coherencia axial que sólo él es capaz de distinguir. El mate es el mismo, aunque la desorientación que impongo a la yerba y al agua adquiera ante sus ojos connotaciones heréticas.
Okupa estira un brazo y me alcanza papeles que vuelan por la ventana como mariposas blancas. No puedo evitar reír. Okupa tarado. Yo dije que se iban a volar.
Me llena los sueños de okupas que se envuelven entre mis sábanas. Quiero despertarme y no verlo. O peor aún, quiero. Y no puedo recordar si el tanto es mío, ni cómo quedó la última vuelta.
El okupa me guiña un ojo azul, me mira con un ojo verde y sonríe. El viento le apaga la voz, le borra la cara y lo contradice. Yo despierto.
Pretendo hablar poco, pero me contradigo, digo, pero no lo suficiente y, cuando alcanza, las palabras sobran. Ahorrame el trabajo.
22 de febrero de 2011
19 de febrero de 2011
Pares
Busco pares. Pares que, como yo, se nieguen a mirar el costado incierto de las cosas. Por pura voluntad evasiva, lo que es ajeno a nuestros cuerpos, lo que nos excede, no nos afecta ni nos importa. Por puro temor. Un poco de hipócritas y un poco de inconcientes.
La carcajada de los pares, vuelta sana costumbre como atávico método de conjura, que distrae, que apaga, atrae sobre nosotros la sacra protección de la ignorancia.
Reímos como tontos, reímos hasta la crueldad más terrible, hasta la miseria más grotesca, y por esto, más graciosa. La carcajada descubre perfecciones inverosímiles que un mínimo sentido del tacto nos llama a reprimir.
“Tenés razón, no es momento” digo, pensando en lo efectivo del chiste si pudiera hacerlo, pero algo me frena.
Y me callo y la risa me ulcera la garganta, container inútil.
Y la boca se me traba en un rictus que todos reconocen.
Cuento hasta diez con la esperanza de que, por una vez , la risa que me escondo no termine por ahogarme.
Y duele, desgarra la risa contenida por piedad, por vergüenza, por pronóstico de incipiente incomprensión.
En el bicho temeroso que es mi boca, se agazapan carcajadas mudas, prestas al salto incierto que la adrenalina anticipa acelerando el motor de la sangre y alzando los pelos en mi nuca.
El aire entra por una vez y es suficiente.
Vomito mi risa torpe, arrebatada y contagiosa.
Todos reímos. Los espejos me devuelven mil risas más torpes, más arrebatadas, más contagiosas.
Estoy donde debo.
Y la boca se me traba en un rictus que todos reconocen.
Cuento hasta diez con la esperanza de que, por una vez , la risa que me escondo no termine por ahogarme.
Y duele, desgarra la risa contenida por piedad, por vergüenza, por pronóstico de incipiente incomprensión.
En el bicho temeroso que es mi boca, se agazapan carcajadas mudas, prestas al salto incierto que la adrenalina anticipa acelerando el motor de la sangre y alzando los pelos en mi nuca.
El aire entra por una vez y es suficiente.
Vomito mi risa torpe, arrebatada y contagiosa.
Todos reímos. Los espejos me devuelven mil risas más torpes, más arrebatadas, más contagiosas.
Estoy donde debo.
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