Busco pares. Pares que, como yo, se nieguen a mirar el costado incierto de las cosas. Por pura voluntad evasiva, lo que es ajeno a nuestros cuerpos, lo que nos excede, no nos afecta ni nos importa. Por puro temor. Un poco de hipócritas y un poco de inconcientes.
La carcajada de los pares, vuelta sana costumbre como atávico método de conjura, que distrae, que apaga, atrae sobre nosotros la sacra protección de la ignorancia.
Reímos como tontos, reímos hasta la crueldad más terrible, hasta la miseria más grotesca, y por esto, más graciosa. La carcajada descubre perfecciones inverosímiles que un mínimo sentido del tacto nos llama a reprimir.
“Tenés razón, no es momento” digo, pensando en lo efectivo del chiste si pudiera hacerlo, pero algo me frena.
Y me callo y la risa me ulcera la garganta, container inútil.
Y la boca se me traba en un rictus que todos reconocen.
Cuento hasta diez con la esperanza de que, por una vez , la risa que me escondo no termine por ahogarme.
Y duele, desgarra la risa contenida por piedad, por vergüenza, por pronóstico de incipiente incomprensión.
En el bicho temeroso que es mi boca, se agazapan carcajadas mudas, prestas al salto incierto que la adrenalina anticipa acelerando el motor de la sangre y alzando los pelos en mi nuca.
El aire entra por una vez y es suficiente.
Vomito mi risa torpe, arrebatada y contagiosa.
Todos reímos. Los espejos me devuelven mil risas más torpes, más arrebatadas, más contagiosas.
Estoy donde debo.
Y la boca se me traba en un rictus que todos reconocen.
Cuento hasta diez con la esperanza de que, por una vez , la risa que me escondo no termine por ahogarme.
Y duele, desgarra la risa contenida por piedad, por vergüenza, por pronóstico de incipiente incomprensión.
En el bicho temeroso que es mi boca, se agazapan carcajadas mudas, prestas al salto incierto que la adrenalina anticipa acelerando el motor de la sangre y alzando los pelos en mi nuca.
El aire entra por una vez y es suficiente.
Vomito mi risa torpe, arrebatada y contagiosa.
Todos reímos. Los espejos me devuelven mil risas más torpes, más arrebatadas, más contagiosas.
Estoy donde debo.
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