22 de febrero de 2011

Okupa

Tengo un okupa en mis sueños.
Cambia de rostro, de ropa, de voz, absurdo camuflaje que en vano trata de usar para distraerme.
No hay lluvia, porque no es época. Hay viento y el okupa se encarga de hacerse viento para que dude de lo que dice. Pasea. El okupa me arrastra por lugares que conozco y no logro reconocer. Explica lo innecesario y calla, cada vez que necesito una respuesta. Se mete en mi nariz y me ahoga. Hace lo que sabe y lo que yo no sé. Me llena la cabeza de música mansa que aturde, le lleno los bolsillos de hielo para que estemos a mano. Esconde mis sandalias para que mis pies estén siempre a merced de sus cosquillas.
Lo empujo para que pise la arena, esa arena que odia casi tanto como al polvo y las cenizas que permanentemente le invaden la casa.
El okupa me mira con un ojo azul, me guiña un ojo verde y ríe con una boca que quiero hacer desaparecer.
Quema calles y casas, porque cree estar en su derecho, porque nadie le explico que Nerón, en el fondo, era un artista. Okupa me roba los chicles, pensando que el ruido de los globos al explotar me molesta.
Gira la bombilla y teoriza acerca de la necesidad de mantener una coherencia axial que sólo él es capaz de distinguir. El mate es el mismo, aunque la desorientación que impongo a la yerba y al agua adquiera ante sus ojos connotaciones heréticas.
Okupa estira un brazo y me alcanza papeles que vuelan por la ventana como mariposas blancas. No puedo evitar reír. Okupa tarado. Yo dije que se iban a volar.
Me llena los sueños de okupas que se envuelven entre mis sábanas. Quiero despertarme y no verlo. O peor aún, quiero. Y no puedo recordar si el tanto es mío, ni cómo quedó la última vuelta.
El okupa me guiña un ojo azul, me mira con un ojo verde y sonríe. El viento le apaga la voz, le borra la cara y lo contradice. Yo despierto.

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