Desperté y amé al álamo amarillo del patio que me vigilaba el sueño desde la ventana.
Las hojitas doradas se rieron conmigo cuando ese viento constante, palpable y arenoso, les hizo cosquillas. Me lavé la cara y creí que era un bello día.
En cambio, aprendí a odiar a los montes de piedra, a los caminos grises, sin pasto, sin árboles, sin vida, a los huecos de salitrales que me engañaban la vista queriendo ser pedazos de ríos secos en la tierra. Odié a las lauchas y a las perdices que se atravesaban bajo mis pies. Odié el aire persistente y ácido de las chinchimoyas que se metía en mi nariz. Odié a ese cielo desconocido, vacío de estrellas nuevas pero lleno de agujeritos luminosos, como una sábana puesta a contraluz. Odié el olor de la fruta podrida y el vuelo silencioso de las moscas.
Me odié hasta la piel ajada, producto de mejores días, odié el sabor a sangre en mi lengua y por primera vez la yerba, el mate que siempre me acompaña, se lavó en mi boca y quedó sin gusto, muerto.
Era un bello día. Me vestí y el álamo amarillo se miró en mi sombra.
El sol recalentó el mediodía invitando a una siesta sin chicharras en la que ya no era yo. Y me ahogué. Y en el ahogo rabioso y sorprendido caí en la cuenta de lo sola que estaba.
La piedra amontonada entre pastos secos dio vuelta la cara, haciendo como que no me veía. La tierra se me pegó en la piel para esconderme. El viento pesado y arenoso me borró los pasos, me revolvió el pelo para despertarme y acercó las voces de siempre que me sacaron el miedo de encima. Las perdices y las lauchas se hicieron a un lado para dejarme pasar y por un rato un pájaro blanco aleteó a mi derecha en la calle.
El ahogo me llenó el cuerpo como alguna otra vez y solo pensé en volver.
Desandé mis pasos a empujones, casi de prepo, todavía sorprendida y rabiosa.
Me hice parte de la horda viajera que duerme sobre mochilas empolvadas. Sin mapa y sin un peso, solamente porque es preciso.
El sol salió de nuevo y el viento se volvió a hacerle cosquillas a los álamos allá lejos.
Yo volví, conmigo. Con sonrisas de desconocidos que me dieron una mano, por lo que fuese; con un miedo instintivo pero racional cada vez que una mole blanca, rodante y apurada, me pasaba al lado; con la ansiedad morbosa y maniática del que se desespera a ver lo que ya conoce, por cercano, por tangible.
El camino se pintarrajeó de verde para que lo reconociera, se tatuó la espalda de silos y tractores, desparramó sus vacas rojas y bandadas de loros chillones para que todo pareciera más festivo.
Me recibieron abrazos conocidos y mudos, porque no había nada que decir, y ese silencio cómplice y cariñoso me limpió los mocos y convirtió el ahogo en risa.
Anoche las ligustrinas se agacharon un poco para dejarme ver el cielo desde mi ventana.
El viento ha decidido venir a hacerle cosquillas al paraíso del patio para obligarme a sonreír un poco.
Voy a lavarme la cara de nuevo, es un bello día.
Las hojitas doradas se rieron conmigo cuando ese viento constante, palpable y arenoso, les hizo cosquillas. Me lavé la cara y creí que era un bello día.
En cambio, aprendí a odiar a los montes de piedra, a los caminos grises, sin pasto, sin árboles, sin vida, a los huecos de salitrales que me engañaban la vista queriendo ser pedazos de ríos secos en la tierra. Odié a las lauchas y a las perdices que se atravesaban bajo mis pies. Odié el aire persistente y ácido de las chinchimoyas que se metía en mi nariz. Odié a ese cielo desconocido, vacío de estrellas nuevas pero lleno de agujeritos luminosos, como una sábana puesta a contraluz. Odié el olor de la fruta podrida y el vuelo silencioso de las moscas.
Me odié hasta la piel ajada, producto de mejores días, odié el sabor a sangre en mi lengua y por primera vez la yerba, el mate que siempre me acompaña, se lavó en mi boca y quedó sin gusto, muerto.
Era un bello día. Me vestí y el álamo amarillo se miró en mi sombra.
El sol recalentó el mediodía invitando a una siesta sin chicharras en la que ya no era yo. Y me ahogué. Y en el ahogo rabioso y sorprendido caí en la cuenta de lo sola que estaba.
La piedra amontonada entre pastos secos dio vuelta la cara, haciendo como que no me veía. La tierra se me pegó en la piel para esconderme. El viento pesado y arenoso me borró los pasos, me revolvió el pelo para despertarme y acercó las voces de siempre que me sacaron el miedo de encima. Las perdices y las lauchas se hicieron a un lado para dejarme pasar y por un rato un pájaro blanco aleteó a mi derecha en la calle.
El ahogo me llenó el cuerpo como alguna otra vez y solo pensé en volver.
Desandé mis pasos a empujones, casi de prepo, todavía sorprendida y rabiosa.
Me hice parte de la horda viajera que duerme sobre mochilas empolvadas. Sin mapa y sin un peso, solamente porque es preciso.
El sol salió de nuevo y el viento se volvió a hacerle cosquillas a los álamos allá lejos.
Yo volví, conmigo. Con sonrisas de desconocidos que me dieron una mano, por lo que fuese; con un miedo instintivo pero racional cada vez que una mole blanca, rodante y apurada, me pasaba al lado; con la ansiedad morbosa y maniática del que se desespera a ver lo que ya conoce, por cercano, por tangible.
El camino se pintarrajeó de verde para que lo reconociera, se tatuó la espalda de silos y tractores, desparramó sus vacas rojas y bandadas de loros chillones para que todo pareciera más festivo.
Me recibieron abrazos conocidos y mudos, porque no había nada que decir, y ese silencio cómplice y cariñoso me limpió los mocos y convirtió el ahogo en risa.
Anoche las ligustrinas se agacharon un poco para dejarme ver el cielo desde mi ventana.
El viento ha decidido venir a hacerle cosquillas al paraíso del patio para obligarme a sonreír un poco.
Voy a lavarme la cara de nuevo, es un bello día.
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