14 de diciembre de 2011

Shortcuts

Medio kilo de helado de chocolate. El chocolate tiene efectos colaterales, endorfínicos. Ultra positivos. Reacción típica, reacción cinematográfica. Soquetes blancos, un sillón y tele, pelo sucio de dos días, una remera usada tres talles más grande, pantalón de pijama, medio kilo de helado de chocolate - en lo posible con nueces, alguna mezcla de dulce de leche pastoso pesado empalagoso. Patético. No me gusta el chocolate. Odio cualquier tipo de media que me apriete los dedos de los pies. No uso pijama. Desaparecí todas las remeras grandes por no caer en la tentación de usarlas - eso me obliga a lavar ropa al menos una vez a la semana a fin de evitar salir desnuda. Grotesco chocolate. Empalaga al punto de pensarlo y que el eco del sabor del recuerdo en la lengua me dé asco. Me dan asco los probadores. Día de compras. Compra de objetos innecesarios de cualquier índole que van a llegar en su bolsa, serán mirados una o dos veces esa noche, serán probados dos o tres veces más frente  a un espejo o serán volteados de lugar por no encontrarles ubicación de tan inútiles y luego pasarán una estancia indefinida en algún rincón de la casa o del placard. Inviable. Billetera vacía. Plásticos en rojo. ¿Podrá comprarse un par de sandalias coral - ¿qué clase de color es coral? ¿quién pone nombre a los colores?¿coral fue durazno hace tres temporadas? ¿coral  fue salmón o me confundo? - en 48 cuotas de seis pesos? Deberían existir zapaterías con planes de pago así de flexibles para estas emergencias. Es imperioso que me haga masticar el pelo, si fuera posible con una tijera de podar para imprimirle más dramatismo a la situación. Entrada urgente a la primera peluquería . No puede llevar más de una hora. Entro, saludo, me siento, hojeo una revista de hace seis o siete meses, espero, miro el reloj. Ella dice ¿Qué hacemos? Y me toca las puntas del pelo. Mira por el espejo. Digo Cortalo todo. Las tijeras suenan como tijeras- ¿cómo qué otra cosa podrían sonar? Veo montañas de pelo que van poblando el piso, justo al lado de una escoba y una pala para la basura. Basura. Todo lo que entra se debita, todo lo que sale se acredita. Miro al espejo y quiero convencerme de lo necesario del cambio. Pago. Salgo a la calle y siento menos peso. No pienso boludeces, pienso exactamente lo mismo que antes de entrar. Basura. Lo que está en mi cabeza no se va, apenas lo cambio por la preocupación urgente de saber cuándo cuándo cuándo mierdas me va a volver a crecer el pelo. Meses sin cortarlo.  Paso de largo frente a la puerta de la primera peluquería y de la segunda y de la tercera. Resisto la tentación de caer en la tentación ridícula de quedarme pelada  por razones egoístas - peor que egoístas, ajenas y egoístas. Síntoma de madurez. Mentira - inmadura y mentirosa. La fruta madura y se pudre.

El cuerpo sigue el movimiento cuando el movimiento se detuvo. Por inercia. El despliegue de todas las yo que tiene que detenerse, frenarse, reconcentrarse en una sola yo que se detiene. La que anticipa el salto aunque los pies estén fijos al piso, y después en el aire percibe la llegada y prepara los músculos para la meta, y después en la meta anticipada y temida permanece atrás todavía sin llegar.  Fuck! Ojalá me gustara el chocolate.

13 de octubre de 2011

Púdrete, Daly

Cena, baño, bolso y puesta en hora del despertador todo junto son parte de una misma acción que a las 0.30  aún no ha concluido. Terriblemente tarde para la hora de la alarma - 04.30. Terriblemente temprano para lo normal - 04.30.
Me acuesto igual, me tapo, me dispongo a dormir sin mayores contratiempos. Tele encendida, necesito ruido para apagarme. Viento polar afuera que sacude las ligustrinas al borde de mi ventana. Lloverá y me cagaré de frío hasta la terminal, vaticino. Control remoto, una vuelta. Disturbio, mi perro con capacidades diferentes - semiciego, semitonto - otra vez choca la carretilla que dejaron los albañiles eternos de mi casa Kosovo justo bajo mi ventana. Escucho las patitas corriendo, luego el shock-crash-pum del impacto y después el ladrido del perro que en un acto de disimulo casi humano vuelve a correr como si nada hubiera pasado. Otra vuelta de control remoto, una escena épica y sangrienta en la tele me hace creer que es el ruido correcto para amenizar un sueño breve y reparador. Viento que insiste, afuera.  Patitas de perro. A la derecha de mi cama, una pila de ropa de invierno que hice vomitar al ropero. Ordeno las tres almohadas: la finita, una hostia de gomaespuma, la alta pero dura, que sirve de respaldo, y la oficial, amoldada a mi cabeza- efecto logrado luego de un proceso de horas, de golpes, de ensayo y error, cada vez que alguien que no sea yo tiende mi cama. Veo la película. Una hora más o una hora menos no hace diferencia. Cañones franceses, viento acuoso de lluvia, cuatro frazadas y yo, que no duermo. Ruido de plástico que no se corresponde con los habituales ruidos nocturnos de mi habitación. No, no, no se me cayó nada, no me he movido. Disturbio, seguro. Perro de mierda porqué no se quedará quieto de una vez. Un papa que quiere redimirse a la vista de su ejército derrotado. “Roma es una puta vieja esperando a su próximo captor” Las traducciones de los subtítulos son una soberana bosta. Viento constante y el ruido, que no es habitual de nuevo.
Me siento en la cama. La luz de la tele dibuja mi sombra agigantada en la pared. Mi sombra se mueve y el ruido persiste. Cerca. Giro mi cabeza en el momento exacto para verlo. Ahí está el ruido. Veo un ruido y no estoy dormida, ni drogada, ni me volví sinestésica de repente. El ruido se sube a mi almohada, corre y salta a la pila de ropa que ya ordenaré. Si lo hubiera ignorado como corresponde - toda casa tiene ruidos- un ratón hubiera pasado corriendo sobre mi cabeza.
¿¡UN RATON!? Un ratón en mi casa, en mi cama, en mi almohada y la reputísima madre!! ¿Qué mierdas hace un ratón acá?!
No grito. Siento asco, asco, asco, asco.
Pensá. Claro que un ratón no te va a matar, dejalo, dormite. Hace frío - no te atrevas a desenredar siquiera la punta del pie de las frazadas!- Ridícula! El ratón se va a ir. (Tienesh shueño. Te peshan losh ojosh) Dormite. Olvidate.
Soy un bollo en el fondo de la cama.
El ratón está ahí, si se le ocurre arrepentirse vas a terminar con un ratón en la frente.
Escucho las patitas del ratón instalado en la pila de ropa. Al final el perro no es tan molesto. Ratón de mierda, de dónde salió. La reputa madre. Toda una pila de ropa de lana que lavar. Me siento de nuevo. No voy a dormir arrollada por un ratón. Luz.
Ahí está, lo veo. Sobre una campera de lana que hasta hace un par de horas me gustaba. Me ve, se asusta y se zambulle en la pila. Me siento en la cama a meditar.
Pobre ratón, tiene más miedo de vos que vos de él. Es un ratón. Lo saco, ya está.
Tiro una por una cada una de las prendas que componen la pila y él va saltando de una a la otra y hundiéndose cada vez más en el sillón multiuso que ahora tiene menos ropa y un ratón minúsculo encima. 01.25, y la puta madre no voy a dormir nada. Bota. Asco ratón. Tiro la bota, sin mirar adónde y nada se mueve. La bota cae al piso y de un poncho rojo sale el ratón y me mira. Y junto con los ojos negros del ratón minúsculo me miran Pérez, Faivel, Mickey, Jerry y su sobrino blanquito y detestable - hasta Daly me mira.
Me levanto a fumar pero ni llego a prender el cigarrillo. Siempre quise que Tom se lo comiera después de todo. La otra bota. La alzo y el ratón sigue quieto. Sé que va a moverse cuando quiera pegarle. Pero no importa, le pego. Mucho. Cuestiones de puntería - nunca tuve. Y ahí se queda, muertito.
Soy una asesina.
Me levanto, del asco ratón y de la rabia insomne ya no tengo frío. Mientras fumo el postergado busco una bolsa - blanca, plástica, todavía tiene migas de pan. Vuelvo a mi habitación. Estiro la mano enguantada, quiero embolsar al ratón y dormir. Cierro la mano sobre el cuerpo inerte. Y el ratón me patalea en la mano.
AAAHH!!!!
Tiro la bolsa, tomo la bota, remato a golpes al poncho, al ratón, que ya debería estar muerto y me aseguro de que no vuelva a patalearle a nadie, a nadie, a nadie.
Voy a la cocina y le doy Luciana sepultura junto a las cáscaras de huevo de la cena, la yerba del mate, los restos del cenicero y un lote de papeles de caramelos y galletitas.
Púdrete maldito ratón.
Aunque haya estado la bolsa me pataleó y no me puedo sacar la sensación de la mano. Y creo que tengo una alergia nueva, me pica todo.  No me puedo dormir, en veinte minutos va a sonar el despertador. ¡Al pedo! Sigo despierta.

8 de octubre de 2011

Las flores

Junté un puñado de flores y me senté en la puerta de calle. Jugaba a deshacer los pétalos entre mis dedos. Estaba nublado pero un calor pegajoso hacía que las flores tuvieran un olor más dulce. 
Un largo camino de ramos de flores se metía adentro de la casa. Los que entraban me daban un beso en la frente y seguían. 
Mami no estaba conmigo, creo que no la vi en todo el día. Papi se sentó en el borde de la ventana, fumaba, me prometió que a la tarde íbamos a probar el barco a pilas que me había traído Papá Noel. Me hizo cosquillas en los pies y me enojé. Hasta hoy odio que me hagan cosquillas en los pies. Él volvió adentro por el camino de flores.  
Ese día el abuelo no salió a retarme por llenar el frente de basura. Estaba feliz de no tener que escucharlo decir que no cortara las flores, que no arrancara hojitas del jardín, que me sentara en una silla y no en el piso. Las flores se mezclaban en mi ropa. Como siempre yo era la única entre toda esa gente alta, grande y vieja. El vecino panadero llegó con una bolsa y me dio una tortita negra. La comí con las manos todavía pegajosas de aplastar flores. Seguro el abuelo me hubiera pedido que me lavara las manos. Pero ese día no salió y mami se puso muy triste. Nunca más volví a verlo. 

El genial ideólogo de mis mentiras. 

5 de octubre de 2011

El paso es este

Salgo con un propósito distinto todos los días. Camino en línea recta. Alrededor todos saben qué hacer, perfectamente sincrónicos. Todo tiene un ritmo, un latido, al que no puedo ajustarme. Las personas pasan a mi lado y el aire les mueve el pelo. El mío está quieto. Giran, van, vienen y yo no. Unos más lento, otros más rápido. Se cruzan frente a mí, que estoy en medio y no me muevo. Todos saben qué hacer, yo no. Derecha, izquierda. Siguen una línea: algo que no alcanzo a entender configura todos sus actos - dibujados, prefijados, estériles. Giran en el aire. Cantan. Un zumbido alrededor y yo, que estoy quieta. Se acercan, me buscan, me invitan a bailar y no quiero. "El paso es este", dicen pero no los escucho. O los escucho y los olvido. No quiero bailar. Los entiendo: la danza se rompe si yo estoy quieta. Bailan y hablan, me miran, me invitan pero no quiero seguirlos. No escucho la música, me quedo quieta.
Podría saltar, flotar en el aire, girar en el aire para que crean que bailo. Pero quiero estar quieta.
Y el aire no me mueve, la luz no me apaga y no escucho ningún sonido.

4 de octubre de 2011

Flujo asimétrico

Habla. Escucho, proceso y digo poco. Le hago creer que sus palabras tienen el más profundo sentido para mí, le hago creer que confío en todo lo que dice, que cada vez que habla aprendo algo nuevo. Todavía me pregunto cuándo aprendí a ser tan complaciente. Me aburre.

Me escucha con atención: mis palabras son, lo sé, verdades absolutas. Las he elegido con constancia, con paciencia. A fuerza de ensayo y error mi discurso no tiene fisuras. Mi ego puede resistir que aunque sea en este vacío de ideas – este: que no sabe, que no ha visto, que no entiende - las mías adquieran consistencia cierta e irrefutable.

Insiste. Yo me aburro. Sin embargo he aprendido a fingir admiración aunque todo mi cuerpo rechace sus palabras: por vacías, por ridículas, por repetidas. Sé que si abro los ojos muy grandes cree que me sorprende y que si arrugo la frente se detiene y vuelve a empezar. Es irritante que sea tan previsible. Podría jurar que ha estudiado qué, cómo y cuándo decir estas cosas. ¿Habrá ensayado frente al espejo la vehemencia con la que explica sus teorías absurdas? Podría destrozarlas sin piedad. Alguien debería hacer justicia, no yo, no esta vez.

Me admira. Puedo leerlo en su cara, en el gesto de su cuerpo cada vez que me afirmo en un pensamiento y lo explico. Un mínimo temblor le mueve los hombros. Se llena de desconcierto o de sorpresa o de duda. Disfruto ver el alivio en su cara en el instante preciso en que sus neuronas finalmente hacen sinapsis.

Repite: alguien le hizo creer que sólo reiterando un mismo concepto de atrás hacia delante y de arriba abajo sus palabras se vuelven un conjunto lógico, coherente y sólido. Un castillo de naipes, sobra una sola pregunta para verlo caer.

Me sonríe. Sé que me sonríe cuando no entiende y eso me exige el doble: debo simplificarme para que comprenda lo que digo. Un sano ejercicio mental, es verdad. Esgrima dialéctica sin defensa, sólo mi ataque constante: alcanzar el orden en el caos y volver al equilibrio inverso. Claro que ella no sabe, claro que en ningún caso ella podría contradecirme.
Me gustan las mujeres simples, son más fáciles de deslumbrar.

Habla y me agota. Me duele la cara de esta sonrisa forzada, de esta máscara condescendiente que adopto cada vez que lo escucho. La ceguera del necio - que no entiende, que no sabe, que no ve. Hay un segundo en el que quisiera que se calle: que todos se callen. Siempre el mismo molde - que se empeñan en repetir con mayor o menor lucidez, con mayor o menor sabiduría.
Me gustan los hombres que no tienen otra fe que la de su inteligencia, son los más fáciles de manipular.

Hay que ser loco para ver las cosas con tanta lucidez, para ver todo a la vez. HM

1 de octubre de 2011

No me distraigan

El 21 de octubre de 1879, Thomas Alva Edison consiguió que la primera bombilla de luz permaneciera encendida por 48 hs. 
-¿Dejo la luz prendida?  
La luz, al proyectarse en la retina, desencadena una serie de fenómenos químicos y eléctricos que traducidos en impulsos nerviosos son enviados al cerebro por el nervio óptico. 
- Sí, quiero verte.
- Ok.
- Vení, tengo frío.
- Epa! despacio, tenés otra cosa que hacer? - digo.
ironía (del lat. ironīa, y este del gr. εἰρωνεία). f. Burla fina y disimulada…
- Nada, en absoluto
- No hay apuro, ¿verdad?
el atractivo del conocimiento sería muy pequeño si en el camino que lleva a él no hubiera que superar tanto pudor
- No, bueno, pensé, la ropa
las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio.
- Pará, pará.
la intimación según Benveniste expresa el deseo de que algo sea así y no que en realidad sea así…
- No, no, dejáme, yo puedo
al mismo tiempo que se le concede al alocutario el derecho a no realizarlo.
- Me dejás a mí? es un ganchito! ves? no es nada difícil 
Los pronombres demostrativos son deícticos en la medida en que se interpretan con respecto a la localización en el contexto enunciativo.
- Y esto?  
- Esto es mas fácil, yo te lo saco
después que las máquinas hiladoras convierten el algodón en hilos, algunos de éstos son teñidos con una coloración azulada y se usan en el telar cruzándolos con otros blancos, los diferentes tratamientos aplicados obtienen el denim en un proceso que dura 20 días. 
- Tenés frío todavía?
Los cambios de temperatura pueden afectar el tamaño de los objetos. Normalmente, cuando aumenta su temperatura y se calientan se dilatan o expanden; y cuando se enfrían o desciende su temperatura se contraen y desciende su tamaño. La expansión de un sólido puede expresarse según una, dos o sus tres dimensiones.  
- Sabés que no.
Así, hablamos de expansión de sólidos lineal, superficial y en volumen.
Pasos que no se siguen o pasos que se reiteran. Método, tacto sistematizado y sin memoria. La expansión lineal se mide de acuerdo con el coeficiente de expansión lineal: la variación de longitud de una unidad de longitud de material por cada unidad de cambio de temperatura, la cantidad de expansión depende tanto de la longitud como del cambio de temperatura.
Coeficiente contradictorio, más, pero despacio. Velocidad relativizada por incalificable torpeza.
- Ay.
Las palabras también tie­nen su jerarquía, su protocolo, sus títulos de noble­za, sus estigmas plebeyos.
- Disculpá.
- No importa.
-Sigo entonces.
-Sí.
-¿Segura?.
La inseguridad es una sensación.  
-Estoy segura
Cállese y no pregunte tonterías, no vino a hacer una encuesta. Cállese y no analice lo que no digo, no vino a charlar. No me haga preguntarme a qué vino. Cierre la boca o ábrala y usela responsablemente. ¿Qué sería lo responsable en este caso? Callate vos ahora! Pienso, luego existo. El espacio se contrae o se expande. Big bang theory. Un ser superior que crea a su imagen y semejanza. Miles de dioses que hacen brotar hombres del aire, la tierra y el maíz. Nadie. Ni vos.  La sonrisa de Lilith te mira asomada entre tus piernas. Soy Lilith.  

- ¿Vos no viste…?
- ¿Qué buscas?
- Eh… creí que había quedado acá…
- Fijate ahí, abajo.
- Sí… pero no está.
- En el piso.
- ¿Adonde? Ya me fije.
- No, allá. Latitud: -34.65824°, Longitud: -58.622017°
- Ah!¿cómo llego acá?

"Curioso que la gente crea que tender una cama es exactamente lo mismo que tender una cama, que dar la mano es siempre lo mismo que dar la mano, que abrir una lata de sardinas es abrir al infinito la misma lata de sardinas." JC.


Nota mental : Rescate, no era tan mala idea allá por entonces. 

Página ochenta y nueve

Abrí el libro por cuarta vez. Primero fueron dos páginas, luego diez y después quince. Leo a saltos. Voy comiendo cada párrafo con ansia, adelantándome a lo que unos renglones más abajo voy a leer.
En la página ochenta y nueve encontré una pestaña. No es mía. La voz que leo habla de una heladera vacía y la pestaña aparece a distraerme de ese universo que reproduce exactamente el del interior de la heladera en mí cocina, a cinco metros de acá: de este sillón, de este libro. Mis pestañas son cortas, gruesas y rectas como un pinche. Siempre envidié las pestañas largas en la gente, cierran los ojos y cada vez parece que bajaran una cortina pesada que les acaricia los pómulos. Siempre envidié tus pestañas.
Abrí el libro por cuarta vez, leí hasta la página ochenta y nueve y, ahora, puedo adivinar que esta es tu pestaña. ¿De veras leíste este libro antes que yo? ¿Habrás comido las palabras, las oraciones, los párrafos? ¿Te habrás preguntado lo mismo que yo a la mitad de la página? ¿Habrás pensado vos también en llenar tu heladera de frutas y carne y verduras y huevos y manteca y dulce y mermelada y botellas oscuras para evitar la vista blanca del fondo que se ilumina cada vez que abrís la puerta? ¿Pensaste que ese medio limón seco leído es hermano del medio limón que se balancea en el estante de tu heladera? Desconocía la poesía escondida en un limón seco. Encontré tu pestaña en uno de mis libros. ¿Estás ahí todavía?

" I know, everyone goes any damn place they choose."

22 de septiembre de 2011

Somato

Okupa se mete en mi cama, en la piel de mis sábanas y el colchón de mis huesos.
Llena mis sábanas de fiebre y mi colchón de arena. Encierra gritos en mi garganta que se vuelven piedra y no me dejan tragar.
Okupa niega sus actos y los reivindica. Me acusa de crímenes que sólo él conoce y de los que, en ausencia, no puedo ser responsable. Miento descaradamente para que se sienta culpable, y resulta.
Okupa guiña un ojo azul y supone que ese mínimo acto lo redime.
Maldito Okupa sabelotodo, cerrá la boca, escondé tus manos y negáme el viento que va a llevarse todo lo que no quede escrito.
Las sábanas se arrugan sin que las toques. La arena se reseca y la boca se llena de piedras cada vez que te pienso. Sueño con tus manos okupas, que me usurpan la cama delirante de fiebres atrasadas, y tus besos, que explotan al chocarse con la almohada. La lengua del aire se apiada de mi cuerpo y lo envuelve, acopio pasivo de lo que te pertenece y de lo que tal vez nunca te de.
Okupa se esconde, en noches de mosquitos y luciérnagas, en corrientes de agua sucia y olor dulce a frutas podridas. Encadena memorias futuras para que yo las guarde. Habla con la verdad de los justos y la urgencia de los traidores. Desafía mi sentido común por absurdo, por inútil, por ajeno.
Mi carne, la sábana que encierra mis cobardías, se vuelve permeable al contacto con la aguja. Respiro y un líquido invisible repta apagando mis incendios oníricos, aplastando las piedras en mi garganta, mojando la arena de mis huesos. 
Trago saliva y callo por no contradecirlo, aunque se que se equivoca. Siempre se equivoca.


 " El tiempo, que atenúa los recuerdos, agrava el del Zahir"  JLB

19 de agosto de 2011

Quedate quieta

Suena y suena y suena y no lo apagás. Y sigue sonando. Pero hay que levantarse, porque es hora, porque no se puede llegar tarde, porque te dije que había que poner dos. La próxima tal vez salen a horario. Siempre llego tarde, pensás.

- Quedate quieta- te digo.
- No. No puedo. Sé lo que viene. Y nada más. Tengo el estómago revuelto.
- Quedate quieta. –te digo.
- Si me quedo quieta me voy a quedar muda. Voy a vomitar las tripas y no quiero. Quiero quedarme quieta, pero estoy rabiosa. Bilis. Hieles - que gotean de mil hieles, pasadas, pesadas, oscuras y verdes. Tengo el estómago revuelto.
 
Él se sienta en el borde de la cama, tu cama, cama tomada por asalto, cama prestada por un rato. Tiene el pelo revuelto de la noche que se acabó, los ojos hinchados más dormidos que cuando dormía, antes de que el despertador sonara. Descalzo, desnudo, lo mirás tocar papeles en tu mesa de luz. Te descompone lavarte los dientes en ayunas, pero es preciso. Descalzo, el pantalón puesto, lo mirás revisar tus libros en el estante. Descalza, desnuda, te lavás los dientes parada en la puerta del baño y la pasta te arde en la lengua y odiás tener que llenarte la boca de menta, como ya odiaste vaciarte el cuerpo del sexo dulce que tenías en la piel antes, mientras el despertador todavía sonaba. Descalzo, lo mirás. No des vueltas, no te quedes en las cosas, no quiero encontrarte cuando no estés, pensás, pero no le decís.  Que vaya a la cocina, a vaciar el mate, a llenar el termo. Que pase de una vez, tampoco decís. El bolso, la ropa, la basura. Llaves. Una llamada y cinco minutos más de espera. Una indicación, la puerta que se cierra, el auto que gira y te marea. Izquierda tres cuadras. Derecha diez cuadras. Calles, calles, calles. Sabés adónde vas. Sabés a qué vas. De ida es igual que de vuelta. Nueve pesos. No tiene cambio. El chofer tampoco. Buscás en el bolsillo tres papeles. Gracias. Estamos a mano. Buscás la ecuación perfecta, elegís las palabras que quisieras decir como si existiera sólo una combinación para cambiarlo todo. La horda se acomoda entre bancos vacíos, espera. Mochilas que sirven de almohadas, pilas de bolsos, columnas de cajas listas para caer. Un hombre gris que barre. Ellos que entran y salen. Humo y papeles de caramelos. Un hombre azul que mira la nada y saluda. 27, arriba. La música de la máquina de la rana que nunca va a salir de la caja, el jardín de los tontos, nada menos apropiado, and everything will happen and I wonder...

- Esperá… decís

 Voy a vomitar o a quedarme quieta, y no quiero ni una cosa ni otra. Que uno se queda quieto después de encontrar algo, a ver qué era, y no. Que necesito una brújula para encontrarte de nuevo, pensás.

- Quedate - no decís, porque te tenés que quedar quieta, y si abrís la boca o te movés o vomitás y eso es hacer trampa, incluso a vos.
- Callate - te digo - o te vas a quedar desnuda (estás//estabas//estuviste). Tengo el estómago revuelto, pensás, No es justo pero pesan, los moretones pesan. Las quemaduras pesan. El mate se enfría. El miedo pesa. Y va a pasar igual, te justificás. Ya te viste en ese espejo y debés quebrarlo pero no querés. Quebralo o desaparecés.
- Quedate - no decís. Y el trabajo no consiste en armar un mosaico, si no en desarmarlo, gastarlo, agotarlo. Es todo lo mismo, pensás. Blanco sobre blanco, el blanco que no te refleja, te hace transparente- eco, punto, mancha, grito - Tengo el estómago revuelto de rabia, de bronca, de duda, de mí, que me hablo- No decís la exacta, justa, perfecta ecuación que haría ser. El genoma completo de tus intenciones. El genoma incompleto del podría (hubiera sido). No pensás más. Ibas a hablar y te quedás quieta. Y tus labios no se mueven y no se van a mover. 

-No te hagas trampa- te digo- Quedate quieta, vestida, callada. Quedate en vos. No te salgas. No volvés.
Y no tenés más el estomago revuelto y las tripas se quedan quietas (y esperan)

- ¿Qué ibas a decir?
- Nada… buen viaje.


"What choice of words will? "

Mermelada

Abrir la heladera buscando azúcar es saber que cuando metas la galleta de grasa con manteca y mermelada de ciruelas en tu boca no vas a escuchar ninguna voz que te diga "Comé".
Girar la tapa, abrir el frasco, meter el cuchillo dentro - como si hundieras la heroica espada en un enemigo ya abatido, ya muerto-difunto-podrido y blando - es saber que no vas a escuchar ninguna voz que diga "Mejor dejá que yo lo hago".
Inundar la superficie esponjosa de la galleta, hasta que todas las burbujas - huecos de la levadura, gas que subió y bajó y se quedó en tu galleta- se cubren con la pasta de fruta - cocida, picada, lejana o decididamente  ciruela y azúcar y jarabe de glucosa y colorantes y conservantes permitidos- y estirarla hasta los bordes y que la viscosidad roce tus dedos- dedos límite, dedos terraplén que frenan la inundación y ya en la boca te van a saber dulces y ajenos- es saber que no vas a escuchar ninguna voz que diga "Dame, así no se hace".
Chupar, limpiar los dedos - límite, borde, terraplén- con la lengua y sentir, adivinar, presentir, presagiar el ácido dulce apaciguado en la manteca y la galleta de grasa, es saber que no vas a escuchar la voz que dice "No te chupes los dedos, no sos una nena".
Tocar con la punta de la lengua - como quien explora a oscuras lo que hay del otro lado del umbral con la punta del pie - la mermelada fría, viscosa, dulce pegote de ciruelas, y después estirar sobre ese borde, risco redundante de grasa y manteca, los labios, la boca entera, las fauces, y dejar donde antes estaba el risco una bahía, el hueco de una luna imperfecta con la marca de tus dientes es saber que no vas a escuchar la voz que dice "Comé despacio".
Tener plena conciencia de la última vez que comiste mermelada de ciruelas, contar los días y saber exactamente cuántos fueron, cuántas horas pasaron desde aquella galleta hasta esta que se te desmiga en la boca, es saber los días, las horas, en que la voz no ha dicho nada.
Volver a abrir la bolsa de galletas, cortarlas a la mitad, ordenarlas en filas o en columnas, embadurnarlas de izquierda a derecha, de arriba a abajo, y comerlas con los dedos dulces pegoteados, sin ruido - sólo el chasquido de tu lengua y el crujido de las migas, deshechas, aplastadas, ablandadas, dulces y ácidas - y no escuchar la voz.
Comer una por una todas las galletas, espíritu positivista, reproducción del fenómeno, ensayo y error, lo general en lo particular, lo comprobable en un cierto número de casos, lo irrefutable, lo cierto, lo verdadero de no escuchar nunca más esa voz, te tranquiliza.

13 de junio de 2011

Álamo

Desperté y amé al álamo amarillo del patio que me vigilaba el sueño desde la ventana.
Las hojitas doradas se rieron conmigo cuando ese viento constante, palpable y arenoso, les hizo cosquillas. Me lavé la cara y creí que era un bello día.
En cambio, aprendí a odiar a los montes de piedra, a los caminos grises, sin pasto, sin árboles, sin vida, a los huecos de salitrales que me engañaban la vista queriendo ser pedazos de ríos secos en la tierra. Odié a las lauchas y a las perdices que se atravesaban bajo mis pies. Odié el aire persistente y ácido de las chinchimoyas que se metía en mi nariz. Odié a ese cielo desconocido, vacío de estrellas nuevas pero lleno de agujeritos luminosos, como una sábana puesta a contraluz. Odié el olor de la fruta podrida y el vuelo silencioso de las moscas.
Me odié hasta la piel ajada, producto de mejores días, odié el sabor a sangre en mi lengua y por primera vez la yerba, el mate que siempre me acompaña, se lavó en mi boca y quedó sin gusto, muerto.

Era un bello día. Me vestí y el álamo amarillo se miró en mi sombra.

El sol recalentó el mediodía invitando a una siesta sin chicharras en la que ya no era yo. Y me ahogué. Y en el ahogo rabioso y sorprendido caí en la cuenta de lo sola que estaba.
La piedra amontonada entre pastos secos dio vuelta la cara, haciendo como que no me veía. La tierra se me pegó en la piel para esconderme. El viento pesado y arenoso me borró los pasos, me revolvió el pelo para despertarme y acercó las voces de siempre que me sacaron el miedo de encima. Las perdices y las lauchas se hicieron a un lado para dejarme pasar y por un rato un pájaro blanco aleteó a mi derecha en la calle.
El ahogo me llenó el cuerpo como alguna otra vez y solo pensé en volver.
Desandé mis pasos a empujones, casi de prepo, todavía sorprendida y rabiosa.
Me hice parte de la horda viajera que duerme sobre mochilas empolvadas. Sin mapa y sin un peso, solamente porque es preciso.
El sol salió de nuevo y el viento se volvió a hacerle cosquillas a los álamos allá lejos.

Yo volví, conmigo. Con sonrisas de desconocidos que me dieron una mano, por lo que fuese; con un miedo instintivo pero racional cada vez que una mole blanca, rodante y apurada, me pasaba al lado; con la ansiedad morbosa y maniática del que se desespera a ver lo que ya conoce, por cercano, por tangible.
El camino se pintarrajeó de verde para que lo reconociera, se tatuó la espalda de silos y tractores, desparramó sus vacas rojas y bandadas de loros chillones para que todo pareciera más festivo.
Me recibieron abrazos conocidos y mudos, porque no había nada que decir, y ese silencio cómplice y cariñoso me limpió los mocos y convirtió el ahogo en risa.
Anoche las ligustrinas se agacharon un poco para dejarme ver el cielo desde mi ventana.
El viento ha decidido venir a hacerle cosquillas al paraíso del patio para obligarme a sonreír un poco.
Voy a lavarme la cara de nuevo, es un bello día.

22 de febrero de 2011

Okupa

Tengo un okupa en mis sueños.
Cambia de rostro, de ropa, de voz, absurdo camuflaje que en vano trata de usar para distraerme.
No hay lluvia, porque no es época. Hay viento y el okupa se encarga de hacerse viento para que dude de lo que dice. Pasea. El okupa me arrastra por lugares que conozco y no logro reconocer. Explica lo innecesario y calla, cada vez que necesito una respuesta. Se mete en mi nariz y me ahoga. Hace lo que sabe y lo que yo no sé. Me llena la cabeza de música mansa que aturde, le lleno los bolsillos de hielo para que estemos a mano. Esconde mis sandalias para que mis pies estén siempre a merced de sus cosquillas.
Lo empujo para que pise la arena, esa arena que odia casi tanto como al polvo y las cenizas que permanentemente le invaden la casa.
El okupa me mira con un ojo azul, me guiña un ojo verde y ríe con una boca que quiero hacer desaparecer.
Quema calles y casas, porque cree estar en su derecho, porque nadie le explico que Nerón, en el fondo, era un artista. Okupa me roba los chicles, pensando que el ruido de los globos al explotar me molesta.
Gira la bombilla y teoriza acerca de la necesidad de mantener una coherencia axial que sólo él es capaz de distinguir. El mate es el mismo, aunque la desorientación que impongo a la yerba y al agua adquiera ante sus ojos connotaciones heréticas.
Okupa estira un brazo y me alcanza papeles que vuelan por la ventana como mariposas blancas. No puedo evitar reír. Okupa tarado. Yo dije que se iban a volar.
Me llena los sueños de okupas que se envuelven entre mis sábanas. Quiero despertarme y no verlo. O peor aún, quiero. Y no puedo recordar si el tanto es mío, ni cómo quedó la última vuelta.
El okupa me guiña un ojo azul, me mira con un ojo verde y sonríe. El viento le apaga la voz, le borra la cara y lo contradice. Yo despierto.

19 de febrero de 2011

Pares

Busco pares. Pares que, como yo, se nieguen a mirar el costado incierto de las cosas. Por pura voluntad evasiva, lo que es ajeno a nuestros cuerpos, lo que nos excede, no nos afecta ni nos importa. Por puro temor. Un poco de hipócritas y un poco de inconcientes.
La carcajada de los pares, vuelta sana costumbre como atávico método de conjura, que distrae, que apaga, atrae sobre nosotros la sacra protección de la ignorancia. 
Reímos como tontos, reímos hasta la crueldad más terrible, hasta la miseria más grotesca, y por esto, más graciosa. La carcajada descubre perfecciones inverosímiles que un mínimo sentido del tacto  nos llama a reprimir.
“Tenés razón, no es momento” digo, pensando en lo efectivo del chiste si pudiera hacerlo, pero algo me frena.
Y me callo y la risa me ulcera la garganta, container inútil. 
Y la boca se me traba en un rictus que todos reconocen. 
Cuento hasta diez con la esperanza de que, por una vez , la risa que me escondo no termine por ahogarme. 
Y duele, desgarra la risa contenida por piedad, por vergüenza, por pronóstico de incipiente incomprensión.
En el bicho temeroso que es mi boca, se agazapan carcajadas mudas, prestas al salto incierto que la adrenalina anticipa acelerando el motor de la sangre y alzando los pelos en mi nuca.
El aire entra por una vez y es suficiente. 
Vomito mi risa torpe, arrebatada y contagiosa. 
Todos reímos. Los espejos me devuelven mil risas más torpes, más arrebatadas, más contagiosas. 
Estoy donde debo.