Salgo con un propósito distinto todos los días. Camino en línea recta. Alrededor todos saben qué hacer, perfectamente sincrónicos. Todo tiene un ritmo, un latido, al que no puedo ajustarme. Las personas pasan a mi lado y el aire les mueve el pelo. El mío está quieto. Giran, van, vienen y yo no. Unos más lento, otros más rápido. Se cruzan frente a mí, que estoy en medio y no me muevo. Todos saben qué hacer, yo no. Derecha, izquierda. Siguen una línea: algo que no alcanzo a entender configura todos sus actos - dibujados, prefijados, estériles. Giran en el aire. Cantan. Un zumbido alrededor y yo, que estoy quieta. Se acercan, me buscan, me invitan a bailar y no quiero. "El paso es este", dicen pero no los escucho. O los escucho y los olvido. No quiero bailar. Los entiendo: la danza se rompe si yo estoy quieta. Bailan y hablan, me miran, me invitan pero no quiero seguirlos. No escucho la música, me quedo quieta.
Podría saltar, flotar en el aire, girar en el aire para que crean que bailo. Pero quiero estar quieta.
Y el aire no me mueve, la luz no me apaga y no escucho ningún sonido.
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