Junté un puñado de flores y me senté en la puerta de calle. Jugaba a deshacer los pétalos entre mis dedos. Estaba nublado pero un calor pegajoso hacía que las flores tuvieran un olor más dulce.
Un largo camino de ramos de flores se metía adentro de la casa. Los que entraban me daban un beso en la frente y seguían.
Mami no estaba conmigo, creo que no la vi en todo el día. Papi se sentó en el borde de la ventana, fumaba, me prometió que a la tarde íbamos a probar el barco a pilas que me había traído Papá Noel. Me hizo cosquillas en los pies y me enojé. Hasta hoy odio que me hagan cosquillas en los pies. Él volvió adentro por el camino de flores.
Ese día el abuelo no salió a retarme por llenar el frente de basura. Estaba feliz de no tener que escucharlo decir que no cortara las flores, que no arrancara hojitas del jardín, que me sentara en una silla y no en el piso. Las flores se mezclaban en mi ropa. Como siempre yo era la única entre toda esa gente alta, grande y vieja. El vecino panadero llegó con una bolsa y me dio una tortita negra. La comí con las manos todavía pegajosas de aplastar flores. Seguro el abuelo me hubiera pedido que me lavara las manos. Pero ese día no salió y mami se puso muy triste. Nunca más volví a verlo.
El genial ideólogo de mis mentiras.
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