1 de octubre de 2011

Página ochenta y nueve

Abrí el libro por cuarta vez. Primero fueron dos páginas, luego diez y después quince. Leo a saltos. Voy comiendo cada párrafo con ansia, adelantándome a lo que unos renglones más abajo voy a leer.
En la página ochenta y nueve encontré una pestaña. No es mía. La voz que leo habla de una heladera vacía y la pestaña aparece a distraerme de ese universo que reproduce exactamente el del interior de la heladera en mí cocina, a cinco metros de acá: de este sillón, de este libro. Mis pestañas son cortas, gruesas y rectas como un pinche. Siempre envidié las pestañas largas en la gente, cierran los ojos y cada vez parece que bajaran una cortina pesada que les acaricia los pómulos. Siempre envidié tus pestañas.
Abrí el libro por cuarta vez, leí hasta la página ochenta y nueve y, ahora, puedo adivinar que esta es tu pestaña. ¿De veras leíste este libro antes que yo? ¿Habrás comido las palabras, las oraciones, los párrafos? ¿Te habrás preguntado lo mismo que yo a la mitad de la página? ¿Habrás pensado vos también en llenar tu heladera de frutas y carne y verduras y huevos y manteca y dulce y mermelada y botellas oscuras para evitar la vista blanca del fondo que se ilumina cada vez que abrís la puerta? ¿Pensaste que ese medio limón seco leído es hermano del medio limón que se balancea en el estante de tu heladera? Desconocía la poesía escondida en un limón seco. Encontré tu pestaña en uno de mis libros. ¿Estás ahí todavía?

" I know, everyone goes any damn place they choose."

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