4 de octubre de 2011

Flujo asimétrico

Habla. Escucho, proceso y digo poco. Le hago creer que sus palabras tienen el más profundo sentido para mí, le hago creer que confío en todo lo que dice, que cada vez que habla aprendo algo nuevo. Todavía me pregunto cuándo aprendí a ser tan complaciente. Me aburre.

Me escucha con atención: mis palabras son, lo sé, verdades absolutas. Las he elegido con constancia, con paciencia. A fuerza de ensayo y error mi discurso no tiene fisuras. Mi ego puede resistir que aunque sea en este vacío de ideas – este: que no sabe, que no ha visto, que no entiende - las mías adquieran consistencia cierta e irrefutable.

Insiste. Yo me aburro. Sin embargo he aprendido a fingir admiración aunque todo mi cuerpo rechace sus palabras: por vacías, por ridículas, por repetidas. Sé que si abro los ojos muy grandes cree que me sorprende y que si arrugo la frente se detiene y vuelve a empezar. Es irritante que sea tan previsible. Podría jurar que ha estudiado qué, cómo y cuándo decir estas cosas. ¿Habrá ensayado frente al espejo la vehemencia con la que explica sus teorías absurdas? Podría destrozarlas sin piedad. Alguien debería hacer justicia, no yo, no esta vez.

Me admira. Puedo leerlo en su cara, en el gesto de su cuerpo cada vez que me afirmo en un pensamiento y lo explico. Un mínimo temblor le mueve los hombros. Se llena de desconcierto o de sorpresa o de duda. Disfruto ver el alivio en su cara en el instante preciso en que sus neuronas finalmente hacen sinapsis.

Repite: alguien le hizo creer que sólo reiterando un mismo concepto de atrás hacia delante y de arriba abajo sus palabras se vuelven un conjunto lógico, coherente y sólido. Un castillo de naipes, sobra una sola pregunta para verlo caer.

Me sonríe. Sé que me sonríe cuando no entiende y eso me exige el doble: debo simplificarme para que comprenda lo que digo. Un sano ejercicio mental, es verdad. Esgrima dialéctica sin defensa, sólo mi ataque constante: alcanzar el orden en el caos y volver al equilibrio inverso. Claro que ella no sabe, claro que en ningún caso ella podría contradecirme.
Me gustan las mujeres simples, son más fáciles de deslumbrar.

Habla y me agota. Me duele la cara de esta sonrisa forzada, de esta máscara condescendiente que adopto cada vez que lo escucho. La ceguera del necio - que no entiende, que no sabe, que no ve. Hay un segundo en el que quisiera que se calle: que todos se callen. Siempre el mismo molde - que se empeñan en repetir con mayor o menor lucidez, con mayor o menor sabiduría.
Me gustan los hombres que no tienen otra fe que la de su inteligencia, son los más fáciles de manipular.

Hay que ser loco para ver las cosas con tanta lucidez, para ver todo a la vez. HM

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